Lo que no puedo decir: una década de impunidad

 

 

 

Por Mirtha Luz Pérez Robledo,

madre de Nadia Vera

Julio 2025

“La peor forma de injusticia es la justicia simulada” – Platón. 

 

 

Hace diez años que tenemos una sensación de impunidad, de complicidad y de encubrimiento, porque la ineptitud de la Fiscalía de la Ciudad de México no tiene que ver, como pensamos al principio de los hechos, con la distracción y la falta de voluntad, sino con una forma de operar que es sistemática, sin importar el partido al que pertenezcan, electos o no, se conducen como una ficha de dominó, los mueve la inercia y no van, ni ven más allá de sus intereses. El eco de mi grito llega amortiguado, distorsionado y muere en la penumbra, donde burócratas escriben las reglas del juego que nosotros nunca podremos editar. 

A una década de los asesinatos del Caso Narvarte, ocurridos el 31 de julio de 2015, donde le fuera arrebatada la vida a mi hija Nadia Dominique Vera Pérez, al periodista Rubén Espinosa, a Mile Martín, Yesenia Quiroz y Alejandra Negrete, todavía no sabemos dónde está el arma ni cuál fue el móvil y lo que sabemos es por las investigaciones independientes. 

Nos ha costado años que la Fiscalía acepte que fueron más de tres los asesinos, no podemos decir nombres y apellidos, pues nos fincan responsabilidades y nos rebajan al nivel de un criminal, al tiempo que defienden los derechos de los delincuentes y más aún si son empleados de dicha institución. 

Aquí, la palabra se vuelve, para decirlo con palabras de Bachmann, un oscuro decir. Querer decir no nos hace decir, querer decir no nos permite decir lo que queremos decir. Por ello escribo, para poder salir de esta experiencia del dolor. La palabra, estas palabras me dan la libertad y no soy fuerte como me pide el mundo, pero dignifico así mi fragilidad. Intento decir porque guardar silencio ante una institución que miente sería una postura antivida. 

Acudir al lenguaje para tratar de nombrar lo innombrable, para hacerse oír, para desarticular la mentira, para reclamar la inacción. Decir para exigir la verdad. Porque lo verdadero abre grietas en la pared. Lo verdadero aparta la lápida de tu tumba. La exigencia de la verdad quizás sea el único medio eficaz para socavar ese muro de silencio que los poderes fácticos han pretendido imponernos. Así que aquí digo que no puedo decir, y no solo porque el lenguaje es arbitrario. No puedo hablar porque no me dejan decir la verdad. Porque ya no hay una verdad, hay muchas verdades que ocultan la verdad verdadera. 

Digo que no puedo hablar porque el lenguaje de un sistema jurídico me excluye y me vuelve vasallo del lenguaje impuesto, que si me atrevo a romper, podría dejar libre no a uno, sino a tres asesinos. Digo que no puedo hablar porque no me deja hablar la estrategia de los abogados. Sutilezas en aras de conseguir la mínima justicia. Digo que no puedo hablar porque no me deja hablar el sistema operativo de un sistema judicial que coopta a operadores del mismo sistema que hace malas investigaciones y encubre a los criminales. Este sistema mete a las víctimas en una celda que, en su infinitud, refleja el constante estado de desasosiego, la búsqueda incesante de un sentido que no se encuentra, como no se encuentra la impartición de justicia y no se encuentra la verdad. 

El sistema tiene un sordo vicio que entreteje promesas no cumplidas y esperanzas fallidas. Los que dicen que imparten la justicia, los que investigan, son los que mienten y hacen como que hacen, pero no hacen nada y dejan pasar el tiempo, prometen reuniones y cuando las hay, llegan tarde y van deprisa y pierden los expedientes y confunden los números telefónicos de los depredadores, pero exponen a las víctimas y las revictimizan. Es una violencia Institucional constante, permanente, que está respaldada por otra institución, aquella que dice proteger los derechos humanos. Pero son un cónclave, una secta, una sociedad que encubre y resguarda solo sus intereses. Y si te atreves a hablar, a decir lo que sabes, entonces convocan a la prensa y dan rienda suelta a su mentira. Y la prensa toda, salvo honrosas excepciones, repite lo que le han dado a repetir. 

Digo que no puedo hablar. El que tenga ojos, que mire y el que tenga oídos que oiga. Y el que quiera entender, que entienda. 

Podrán asesinarnos, pero nunca podrán destruirnos.

 

Mirtha Luz Pérez Robledo, la madre, la mujer, la ciudadana.

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